Ana María Vidal. Ángel de puro talento (Homenaje 2024)

Para cualquier amante del Teatro en España es imposible escribir sobre nuestra estrella homenajeada, Ana María Vidal, sin emocionarse.  Y así me encontraba yo, entre emocionado y nervioso por varias razones.

La primera, porque recuerdo muy bien todos esos magníficos “Estudios 1” de TVE en los que esta grandiosa “Dama del Teatro” nos obsequiaba con unas interpretaciones absolutamente perfectas: “Cerca de las estrellas”, “Las de Caín”, “La venganza de Don Mendo”, “Las buenas personas”, “Doña Clarines” y un larguísimo etcétera de obras clásicas y vanguardistas. Y es que, pese a verla en multitud de roles diferentes, conseguía, en cada obra, no sólo que te creyeras su personaje “a pies juntillas”, sino que te olvidaras incluso de que era la misma actriz quien los interpretaba.

La recuerdo junto a Fernando Delgado en “Veinte añitos” de Edgar Neville, interpretando al mismo personaje en su juventud y vejez. Y me dejó impactado. Cómo era posible que estuvieras contemplando a una actriz tan joven, bella y casi sin maquillaje que le ayudara, interpretar a una mujer de avanzada edad y te lo creyeras tan absolutamente. Sus gestos, su porte, su mirada, su voz… Todo en ella era tan magistral y tan absolutamente natural que la sensación era que realmente estabas contemplando a una mujer de avanzada edad.

Era tan difícil de creer. Cómo una actriz tan joven podía conseguir algo así. Pues, finalmente y tras devorar su autobiografía “La vida de la Vidal” (gracias a AISGE), he creído entenderlo. No hay más secreto que la perfecta combinación de un talento descomunal (que la llevó a la Real Escuela Superior de Arte Dramático a los doce años de edad, en la que ganó el Premio final de carrera “Lucrecia Arana”, y a debutar con trece en “La rosa tatuada” de Miguel Narros – aunque profesionalmente debutaría a los dieciséis en “Los años del Bachillerato” de José Luis Alonso, junto a su gran amiga Tina Sainz -), al que se une una inagotable capacidad de trabajo (“Me levantaba a las seis y media de la mañana, grababa en TVE hasta las seis de la tarde y salía disparada para llegar al teatro”, comenta) y una dedicación “en cuerpo y alma” a sus dos pasiones, su familia y su vocación de actriz.

Y es que leyendo su autobiografía he disfrutado muchísimo. No sólo porque está repleta de anécdotas. Especialmente memorable aquella noche en que por error (y falta de liquidez) se alojó en una pensión de “mala reputación” y, ante el trasiego y los ruidos constantes durante la noche, tuvo que atrancar la puerta de su habitación con los muebles y no pudo pegar ojo. O la obra en la que el actor Jaime Blanch la besaba repetidamente, introduciéndole, con cada beso, bolitas en la boca, con las que ella debía, acto seguido, proseguir la función aunque casi no podía articular palabra.

En Cine no hemos tenido la fortuna de disfrutarla demasiado, salvo en estas cintas: “Los chicos” (Marco Ferreri. 1959), “La que arman las mujeres” (Fernando Merino. 1969) y “Vete de mí” (Víctor García León. 2006). Como ella ha comentado en alguna ocasión, cuando le llegó su momento cinematográfico predominaba, sobre todo, la temática del “destape”. Y es que esta enorme actriz de tan absoluta seguridad encima del escenario, siempre ha sido una gran tímida fuera de él.

De hecho, en muchos pasajes de su autobiografía alude a un supuesto “angelito” que le ayudaba, entre otras cosas, a encontrar trabajo tras trabajo, ya que ella no era muy pródiga en acudir a “fiestas sociales” para promocionarse. Cosa que, en realidad, nunca ha necesitado tanto por su inmenso talento como porque ella sí que siempre ha sido un auténtico “ángel”, compensando su timidez con una enorme simpatía, delicadeza y naturalidad que le ha llevado a hacer multitud de amigos y dejar imborrables recuerdos allí por donde ha pasado.

¡E, incluso, por donde no ha pasado! Como nos revela en una memorable una anécdota que le ocurrió en Barcelona. Cuando, en el entreacto de una obra, una mujer se le abalanzó, en el camerino, llenándole de besos y abrazos confundiéndola con una amiga de la infancia. Ella que enseguida había adivinado su confusión (ya que le hablaba de su infancia juntas en Barcelona, cuando Ana María la había pasado en Madrid) y no queriendo privarle de su ilusión, únicamente temía que, en cualquier momento, le comenzara a hablar en catalán, no pudiéndole seguir ya la conversación.

La segunda razón de mi emoción ante este Homenaje es que jamás olvidaré cuando, en 2005, paseando por Madrid, me encontré casi de frente con un enorme cartel de la obra “Melocotón en almíbar” de Miguel Miura, en el cual figuraba, como actriz estelar, el nombre de nuestra homenajeada (por cierto, junto al de nuestro querido y admirado José Carabias). No hubo suerte. No había entradas. Estuve esperando pacientemente hasta casi el inicio de la sesión por si podía cumplir uno de mis sueños y verla en persona. Pero tampoco tuve suerte. Y, ahora, casi “veinte añitos” más tarde, por fin voy a poder cumplirlo.

Y la tercera razón es que, si en su autobiografía predomina no sólo el compañerismo sino una fuerte amistad entre ella y todos los actores, actrices y gentes del Teatro, Cine y Televisión, no podía ser de otra manera que, por azares del destino, años más tarde, su hijo Vicente Haro se convirtiera en un gran amigo tanto del Festival como personalmente y consiguiera que en Daroca rindamos, por fin, nuestro mayor y merecidísimo Homenaje a esta grandiosa actriz. Un auténtico “ángel” de puro talento.

JAVIER MESA

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