El nombre de nuestra galardonada en esta edición ha estado en estos últimos años ligado al del recordado Carlos Saura. Y lo sigue estando, ya que junto a la hija que tuvo con el oscense, Anna, es invitada a participar en los numerosos actos que se organizan en torno a la memoria de uno de los mejores directores que haya dado nuestro país.
Pero Eulalia Ramón no es solo “la viuda de” sino una actriz de sólida y reconocida carrera, que ya contaba con importantes presencias en las pantallas antes de que la vida le llevara a conocer al director. Desde su debut en Últimas tardes con Teresa en el año 1983 hasta su primera colaboración con el que sería su marido, Dispara!, intervino en un buen número de producciones, algunas tan exitosas como El rey pasmado, El pájaro de la felicidad o Las cartas de Alou, por citar algunas.
Y no solo se dedicó al cine, sino que se subió a las tablas, llegando a actuar con el Centro Dramático Nacional, amén de dedicarse a la fotografía, lo que tiendo a imaginar que sería una razón más para congeniar con Saura, conocida la afición de éste por ese arte. Todos recordamos la imagen de Carlos con una de sus cámaras colgadas del cuello. Incluso yo mismo fui fotografiado -eso sí, junto a muchos más- sentado en mi butaca del Palacio de Congresos cuando el director fue premiado en el Festival de Cine de Zaragoza.
Tras cruzarse felizmente con él, apareció en roles mayores o menores prácticamente en todas sus películas: además de la citada Dispara!, Pajarico, Goya en Burdeos, El séptimo día, Yo, don Giovanni, Taxi y la que sería su última, El rey de todo el mundo. Era lógico, se unía la calidad actoral, la belleza…y el amor. Para qué más.
Poco antes de que Carlos nos dejara aceptó el encargo institucional para reconstruir en un impactante corto el famoso cuadro de Goya sobre el 3 de mayo, que casi todos aragoneses nos acercamos a ver en la exposición que se montó a propósito. Y allí aparecía Eulalia, como no podía ser de otra manera.
Nuestro festival está muy orgulloso por homenajear a la actriz, sintiendo en cierto modo que está matando dos pájaros de un tiro: por ella y su carrera y por lo que representa cada vez que aparece en un escenario o se le requiere en un acto cultural. Es la bella servidumbre de haber sido amada por un grande de nuestra cultura.
FERNANDO GRACIA











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