Cuando empecé a ver teatro en la tele, Ana María Vidal ya estaba allí. Como tantos otros actores se metía en nuestras casas y sin darnos mucha cuenta también en nuestras vidas.
Era la época dorada del teatro en la tele, esos montajes que había quien decía que quitarían público a las salas, pero que en realidad conseguían lo contrario: convertir en figuras admiradas a sus actores y hacer que esas salas se llenaran cuando se subían a las tablas, ansiosos los espectadores de ver en carne mortal a quienes les deleitaban desde la entonces llamada “caja tonta”.
Ana María era una de las más prolíficas. Dar un repaso a su currículo de aquellas décadas de los sesenta y setenta llega a agobiar. Parece casi imposible que, con los medios de entonces, se alcanzara a poner en pie tantas y tantas obras, tanto de nuestros clásicos como del teatro más contemporáneo.
Desde que la recuerdo la veo haciendo primeros papeles, con una dicción impecable y una presencia de lo más agradable. En el cine la vimos muy poco y en las tablas teníamos que esperar a que sus largas giras recalaran en nuestro primero coliseo. Donde, como estrellas de la tele que eran, llenaban un día y otro.
Así fue en aquellos años en los que arrasó con “Sé infiel y no mires con quien”, acompañada por el recordado Pedro Osinaga, o con “Enseñar a un sinvergüenza”, con el no menos conocido Pepe Rubio. Obra esta última que si uno volvía a ver años más tarde, casi no la reconocía, de tanto que la había fagocitado el bueno de Pepe.
Investigando un poco en su biografía me encuentro con que su debut teatral fue en una obra, “Los años de bachillerato”, donde compartía cartel con otras dos actrices con las que reinaría en esos años de tele en blanco y negro, Tina Sainz y Alicia Hermida. Curioso y hermoso que las tres acabaran triunfando en el mismo medio y se hicieran tan familiares para nosotros.
También nos dice su biografía que su debut en la gran pantalla fue a las órdenes de Marco Ferreri, en una modesta producción, “Los chicos”, que no vio casi nadie en su momento y que con el paso de los años se acabó convirtiendo en una pequeña película de culto.
Curiosamente, su último trabajo en el cine fue a las órdenes de un joven director, Víctor García León, hijo a la sazón del director y guionista José Luis García Sánchez y de la cantante y compositora Rosa León. “Vete de mí” se titulaba, y la protagonizaba un actor con los que seguramente compartió Ana María un buen número de trabajos en la tele: Juan Diego.
Hablando de compartir trabajos, puede que con quien más lo hiciera fuera con su primer marido, el también actor Vicente Haro, otro de los habituales en aquellos elencos. Con él tuvo a Vicente Haro Jr., a quien tanto conocemos en nuestro Festival, ya que nos ha traído numerosas estrellas gracias a su labor como representante y a quien tan agradecido se le está por su disposición y amabilidad.
Siempre que hablé con él le pregunté por su madre. Ahora que lo pienso no estaba sino haciendo un bello ejercicio de nostalgia, al recordar a alguien que tanto contribuyó, como lo hicieron tantos y tanto colegas, a abrir nuestras miradas juveniles al mejor teatro.
Ahora, al recibir el merecido premio en nuestro Festival, tendremos la oportunidad de decírselo en persona. Yo, de momento, ya me voy adelantando.
FERNANDO GRACIA











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